La esencia de la madre
La Calle
Luis González de Alba
Debo la observación a uno de mis hermanos, me reservo el nombre para no producirle problemas. Realizaba un trabajo en la Basílica de Guadalupe la noche del 11 al 12 de diciembre. Desde el oscurecer del 11, hacia las 6 de la tarde, comienzan a desgranarse como hormiguitas por Insurgentes grupos de pocos o muchos peregrinos que recorren a pie más de diez kilómetros, unos bajan del Ajusco, otros de San Ángel. Y hacia la media noche la Basílica está llena de fieles que cantan y rezan, avanzan hincados, besan el suelo, se azotan, lloran.
Entonces vio hacia la imagen y abrió la boca, atónito: entre el humo del incienso de los curas celebrantes, el humo de los cirios, el brillo de candiles, reflectores de televisoras que han vuelto nacional un culto del DF, emanaciones de sudores, aire caliente en ascenso… la imagen reverberaba en la atmósfera espesa. Y vio sobre el altar, adorada por millares, la esencia de una madre común a los devotos: el manto azul como íntimos pliegues morenos, la túnica rosa eran tejidos delicados, arriba las manitas unidas en botón placentero, abajo la cabeza redonda y oscura del ángel no eran ya la Virgen, sino la fuente de la vida, el Origen...
Diario Milenio
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario