jueves, 7 de enero de 2010

Los desiguales y los pobres aguantan todo MENOS LA INJUSTICIA! injusticia que NO TIENE NADA QUE VER con su desigualdad y pobreza

Cavilaciones bicentenarias. La violencia
Día con día
Héctor Aguilar Camín

Quien dice que el país va a estallar, ¿lo lamenta o lo desea? ¿Es una Casandra que grita horrorizada por lo que sucederá, un incendiario que sueña con los fuegos que promete, un político que juega con nuestra ingenuidad supersticiosa o sólo un ocurrente que abusa de su pobre información histórica y de la nuestra?
Es curioso que un país tan obsesionado con evitar la violencia celebre tanto la violencia de su historia y esté tan dispuesto a justificar sus iras públicas y a negociar con sus violentos.
Hemos dado a la ira popular la legitimidad del estallido justo, y a nuestras autoridades e instituciones la responsabilidad por esas iras justicieras.
Durante años la izquierda ilustrada hizo de la anticipación de la violencia un argumento favorito. Si no se atendía tal o cual demanda, tal o cual movimiento, algo terrible y explicable, violento, podría pasar. Sería culpa de los sordos, no de los violentos.
El gran arquitecto de las reformas políticas de los años 70, Jesús Reyes Heroles, dio con una fórmula memorable al advertir de los peligros de despertar al México bronco.
La metáfora sugería que bajo la superficie apacible del México posrevolucionario, había el país incontrolable del que nos hablan las gestas patrias, un país cuyo magma volcánico no se había secado, sino que dormía, bullente, en las profundidades geológicas de la nación.
El combustible estaba siempre ahí, bajo la forma de la desigualdad, la pobreza, la injusticia. Bastaría colmar el vaso de alguna de ellas y el estallido vendría como un cronómetro.
Si el pueblo se rebelaba y estallaba, en su estallido estaría nuestra culpa. Nos habríamos ganado su ira justiciera. Su violencia nos habría dicho la verdad de nuestra opresión: nuestra insensibilidad, nuestra irresponsabilidad histórica por no haber oído su reclamo y hecho justicia a tiempo.
Distingo el peso explosivo de la desigualdad y la pobreza del de la injusticia. La historia universal nos enseña que la injusticia es más combustible que la miseria. Los hombres toleran mejor la pobreza que el agravio. La injusticia es más intolerable que la privación, más combustible que la desigualdad.
La nación bicentenaria ha aprendido a comprender su violencia y a respetarla, a sentirse culpable de contenerla o reprimirla. Nadie piensa en someter al violento con la violencia necesaria. La nación vive en una especie de renuncia previa a la legitimidad de aplacar sus propias iras, lo cual crea un espacio peculiarmente propicio para casandras, ilusos, agitadores, demagogos... y violentos.
Diario Milenio

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