martes, 3 de noviembre de 2009

El B acepta su error: K no sesudea: que los empresarios son héroes, no evasores: se entiende: su padre es empresario de la historia bananera

El empresario como villano
Epicentro
León Krauze

El jueves pasado, en la declaración más extraña de su sexenio, Felipe Calderón arremetió contra los empresarios mexicanos. Lo hizo desde la víscera, sin matiz ni precaución. Los acusó de “rara vez” pagar impuestos; de evadir no sólo su carga tributaria sino el espíritu de solidaridad indispensable con el país en tiempos de tormenta. Al generalizar, el Presidente cometió un doble pecado. La enorme mayoría de los empresarios mexicanos no son potentados. Son, en cambio, hombres y mujeres valientes que arriesgan todo su capital en un mar de regulaciones y baches burocráticos absurdos con tal de ganarse la vida honestamente. Pagan impuestos puntualmente, sudando para encontrar la manera de hacer funcionar una compañía en un país que les carga la mano precisamente a los ciudadanos de clase media que, en muchos casos, son dueños de esas pequeñas y medianas empresas. La mayoría de los hombres de empresa en México no son dueños de Telmex, Bimbo, Televisa o Modelo... hablar mal de los empresarios sin darse el tiempo de matizar hace un flaco favor a aquellos que, en lugar de apostar por la vida burocrática, prefieren luchar contra viento y marea para desarrollar un negocio en México. Al lanzarse contra los empresarios, Calderón cometió otra imprudencia. Olvidó mencionar que una inmensa mayoría de los supuestos abusos empresariales no parten de la ilegalidad sino de caminos perfectamente legítimos. La famosa consolidación puede ser un recurso injusto, incorrecto y hasta arbitrario, protegiendo de más a compañías que no necesitan de dormir entre algodones. Pero no es ilegal... argumentar, por velada o sutil que sea la manera, que los empresarios evaden su responsabilidad fiscal —que son, palabras más palabras menos, una sarta de delincuentes— es no sólo populista sino deshonesto.

Pero la peor consecuencia de las declaraciones del presidente Calderón es la perpetuación de un mito indigno de México fomentado por años por los grandes populistas de nuestra clase política (y vaya que tenemos algunos de antología): aquello de que el hombre de empresa es sólo un pillo que hace hasta lo imposible por darle la vuelta a su responsabilidad con sus empleados, con la sociedad y con su gobierno con tal de ganar un par de pesos más. El mismo jueves, cuando habían pasado un par de horas de las palabras de Calderón, pregunté a la audiencia de Segunda Emisión en W Radio en qué pensaban cuando escuchaban la palabra “empresario”, así, sin más. El público del programa (generalmente civilizado y reflexivo) comenzó a calificar. Los empresarios mexicanos, me dijeron, son “ladrones”, “ratas”, “explotadores”, “aves de rapiña”, “avaros que ven sólo por ellos”, “reyes de la impunidad” y, colmo de colmos, “señores feudales que esclavizan”. Fueron pocas las llamadas que reconocían los empleos creados por los hombres de empresa. Al final, una experiencia que no por comprensible deja de ser triste... Es una pena que algunos políticos hayan decidido sumarse a la cruzada histórica contra la imagen empresarial en México. Si el régimen fiscal le resulta inconveniente al gobierno, debería dedicarse a cambiarlo. Eso, y no la confrontación barata y meramente electorera, tendría que ser la solución en un país con pretensiones serias. Pero, claro, la seriedad hace tiempo que no es lo nuestro. Curioso asunto, después de todo, que los políticos, que nunca en su vida han tenido que aprender a administrar otra cosa que no sea su cuenta de cheques cortesía del erario, crean prudente juzgar y vilipendiar a los empresarios.
Diario Milenio

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